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Sinfonía sobre la paciencia y el trabajo

A estas alturas todo el mundo ha escrito y leído sobre el bajo momento del Baskonia. Y es que no es ningún secreto que es un equipo bajo de forma, descoordinado y poco trabajado, cuya debilidad más comentada es la evidente falta de acoplamiento. Desde el entorno baskonista se aboga por la paciencia como la medicina que el club necesita, hasta el punto de que parece olvidársenos que la paciencia es una condición para la mejora, y no su desencadenante.

El tiempo durante el que ensayan juntos es lo que convierte un grupo de músicos en una orquesta. El Baskonia es a día de hoy un grupo de músicos, algunos con caché, otros prometedores, y otros simplemente músicos de fondo, pero aún hoy no saben quién es el que va a sonar con protagonismo ni quién acompañará su música. Se les ha explicado a qué velocidad se quiere que toquen, pero apenas llevan tres semanas de ensayos: en agosto algunos estuvieron en unos campeonatos de talento actuando con otros grupos, luego algunos se fueron de gira a Sudamérica, otros se quedaron ensayando, y había incluso algunos que no tenían instrumento o lo tenían sin afinar. Es normal por lo tanto que a día de hoy sean incapaces de crear una pieza de éxito. Tienen problemas hasta para tocar versiones, porque aún no se han conjuntado, pero advierten de que tienen talento como para dar unos buenos conciertos este año.

Mientras este grupo se iba de gira por las Américas y los groupies que tenían allí disfrutaban, había otros conjuntos que se dedicaron a afinar sus instrumentos, echar un vistazo a los temas, incluso empezaron a componer. Y claro, a día de hoy tocan mejor. Hay casos, como el de la orquesta de Barcelona, que suenan muchísimo mejor que la nuestra, y nos da envidia sana, porque estamos acostumbrados a conciertos del nivel del Palau de la Música en pleno Vitoria-Gasteiz. Algunos piensan, y no sin criterio, que en Barcelona, al disponer de más presupuesto, tienen también mejores instrumentos que en Vitoria, y por lo tanto, suenan mejor.

Hay otros casos, como la orquesta de Málaga, que también suena mejor,  de la que pensamos que han mejorado por haber pasado tanto tiempo trabajando juntos que las piezas se están uniendo entre sí, como la madera de un Stradivarius. Y también tienen razón.

Es evidente que nuestra falta de excelentes instrumentos no permite un sonido tan nítido. Y si tenemos al soprano afónico porque no cuida su garganta, a los violines desafinados porque en verano han tocado en bandas diferentes, y para solucionarlo traemos a un músico bueno con el saxo pero le ponemos a tocar el triángulo, nos hacemos una idea de lo que podemos ver ahora mismo en cancha.

Hasta hace pocos años nuestra orquesta tenía claro que, una buena pieza musical precisa de talento e inspiración, pero sobre todo, horas y horas de ensayo y repetición, de sacrificio hasta el aburrimiento. Como sabíamos que este año no habría mucho presupuesto para instrumentos, intentamos darle la vuelta a nuestro concepto de orquesta y refundarla, y escogimos la opción de traer un director de orquesta que diera al grupo otro aire: con músicos quizá menos técnicos pero de gran intensidad tocando, voces de cantantes negros con mucha potencia,  más libertad a la hora de hacer sonar el instrumento, y un diálogo entre director e integrantes para acordar entre todos el toque que cada uno iba a dar a su instrumento o voz y lo que la orquesta necesitaba de él.

Llevamos un mes de ensayos y de momento el grupo no es capaz de tocar al mismo ritmo: hay algunos instrumentos a los que se da paso y no entran sincronizados, y otros desafinan. Y al público le chirrían los oídos y la sala se va vaciando. Y es que hemos hablado con los músicos, les hemos explicado lo que buscamos de ellos, cual es su sitio en el grupo, las piezas que queremos tocar, y ellos lo agradecen…  pero no dominan la pieza. Porque la pieza no se domina con haberla oído. Dominarla significa ser capaces de tocarla con los ojos cerrados, sabiendo quién entra, cuándo, y para qué. Sólo entonces podemos dar libertad al contrabajo para hacer un paréntesis y que se luzca. Para ello el método es ensayarla y volverla a ensayar, es aburridamente perfeccionador.

Hay un estudio de música, al que van tanto buenísimos artistas como amateurs, que saca el mejor sonido de cada uno; esos estudios se llaman autoexigencia. El objetivo de nuestro conjunto es tocar mal mañana. Porque mañana no van a tocar bien; pero tienen que tocar un poco mejor que ayer, y pasado mañana, un poco mejor. Así hasta que toquemos al unísono y podamos decidir si ahora entra un solo de violín o el tambor marca el ritmo.

Es un error pensar que la práctica de mi arte se ha vuelto fácil para mí. Le aseguro, querido amigo, nadie estudia tanto como yo.
Wolfgang Amadeus Mozart

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